Si me preguntaras, te diría que no estoy pasando los mejores momentos intentando adaptarme a tus humores cambiantes. Yo tampoco puedo afirmar que no he cambiado nada en los últimos años, pero puedo decir que el remedio para mis cambios de humor, especialmente cuando tienden a la negatividad, eres tú. Tal parece ser que yo tengo el efecto contrario sobre ti. A veces no me puedo dar a explicar contigo. Haz dado con calificarme de estúpido, de especialista en terquedades. Si es mi terquedad ponerte atención tal, lo mínimo que puedo esperar es un sincero agradecimiento. Mas no me acongoja mi condición actual, por lo menos no lo suficiente como para desdicharme. Yo no tengo la culpa de tus cambios de humor o al menos eso quiero pensar. En tal caso, merecería, por mis buenas acciones e intenciones hacia tu persona, una correspondencia adecuada, igualmente cariñosa, si no en los términos que mis más profundas expectativas sugieren, sí en ese modo único tuyo, que me hace sonreír, que me hace decir cada vez que no hay otra persona en el mundo junto a quien pueda yo morir. Quejas, sueño, dolores, ¿distracciones o pretextos? Ya no sé contigo, si lo que experimentas es un verdadero estado de estrés apocalíptico o si sólo soy yo con mi incómoda presencia. Me he convertido en un habitante de tus ideales, que sale y se encarna y es todo estorbo cuando intenta acariciar tu piel, besar tus labios. Rechazado e insultado aquél ser se repliega en tu recuerdo, en tu invención de mí. La invención que no se ha dejado opacar por aquél que escribe, aquél que es sincero y verdadero. Aquél que habla y espera respuesta, que escribe porque no la encuentra.
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